Hola!! Me da muchísimo gusto ver k la historia si les gusta!! No saben lo feliz k me hacen
...en el buen sentido, eh!! 
Bueno, les dejo la conti, pero antes, voy a aclarar algo, antes de ke se enreden como le pasó a mi SBF Dorian: Lena es hija de Rusos, criada entre Franceses, por ello del acento muy sensual (al menos para mi) que trae lokiita a nuestra kerida Yulia. Enjoy!!
2
Al día siguiente, mientras desempaquetaba las mercancías en el almacén de la tienda, Yulia seguía pensando en el derramamiento de sangre.
-Se han vuelto a quedar cortos con los bodys y los baby doll –murmuró, mirando las sexys prendas.
Afortunadamente, la campana de la puerta tintineó antes de que Yulia pudiera ponerse más nerviosa.
«Fiona», pensó.
Salió del almacén y cerró la puerta tras ella. Hacía solo un mes que había contratado a su ayudante, y aún no estaba preparada para confiarle su más íntimo secreto.
En aquellos tiempos Yulia sabía que mantener en secreto su inventario de lencería era un poco anticuado, pero el pueblo de Baxter no era precisamente famoso por su progresismo. Cuando, dos años atrás, había solicitado abrir una tienda de lencería, la junta municipal se había negado en rotundo, y el alcalde Collins, aun no siendo muy tradicionalista, había cedido a la presión popular. En opinión de Yulia, la señora Collins estaría imponente con uno de sus baby doll rosas; pero no se atrevió a formular esa idea a los responsables de conceder licencias. De ese modo, Animal Instincts pasó a llamarse Volkov Fashions, y con ello nacía su gran secreto.
Dicho secreto solo lo conocía una pequeña parte de la población. La parte femenina y progresista. Y Yulia sabía que pronto tendría que revelárselo a Fiona. Pensó que enseñarle la factura mensual de Victoria’s Secret sería un buen comienzo.
Cuando entró en la sala principal de la tienda, vio a su joven ayudante colgando una nueva remesa de vestidos color malva en los percheros.
-Buenos días -la saludó alegremente Fiona-. He decidido reponer las existencias de las rebajas -se puso un mechón de sus largos cabellos negros tras la oreja, haciendo sonar las campanillas de sus pendientes, pulseras y cinturón-. ¿Has pensado en mis ideas de la semana pasada? En mi opinión, a esas mujeres les favorecería un poco de negro.
-Tus ideas son soberbias. De hecho, me han inspirado para hacerte un regalo.
Volvió al almacén y rebuscó en las cajas. Encontró los pantalones de cuero negro entre un lote de braguitas blancas. Se los sostuvo a la cintura y comprobó su imagen en el gran espejo que cubría la pared. Fiona y ella tenían aproximadamente la misma talla, aunque su ayudante era algunos centímetros más alta. Sin embargo...
-Picante, muy picante... -murmuró, imaginándose cómo le quedaría el cuero ajustado a sus muslos. Los tachones plateados de los laterales relucían seductoramente en la penumbra del almacén. Su rubia melena (oh si, imaginen a Yulia con el cabello largo y… con su rubio natural….babas XD)… contrastaría como el trigo dorado contra un chaleco de cuero a juego.
Esbozó una triste sonrisa y negó con la cabeza.
-Sí, Yulia, tal vez podrías ir así vestida a la iglesia, o a la fiesta del vecindario -dobló los pantalones bajo el brazo y volvió a salir del almacén.
-¿De dónde ha salido eso? -le preguntó Fiona con los ojos muy abiertos.
-Los he encargado para ti -respondió Yulia tendiéndole los pantalones. .
Fiona dejó caer la colección de blusas color pastel que sostenía, como si de repente se hubieran prendido fuego, y pasó reverentemente la mano por el cuero.
-¿Lo dices en serio?
Yulia esbozó una sonrisa de satisfacción, y justo en aquel instante volvió a sonar la campanilla de la puerta.
Elena Katina apareció en la tienda, con sus piernas perfectas, cabello delicadamente rizado...
«Ayer me pidió salir», fue el primer pensamiento que se le pasó a Yulia por la cabeza... después de que sus hormonas se dispararan frenéticamente.
Con frecuencia se había preguntado si alguna persona sería capaz de seguir adelante y desafiar a sus hermanos para llegar hasta ella, enamorarla perdidamente y...esta vez era una mujer…y…y…
Y nada. Yulia tensó los hombros, viendo cómo se acercaba a ella, e intentó reprimir el deseo que le vibraba en el estómago. El día anterior le había constestado muy cortante…no recordaba haberle dado las gracias. ¿Qué hacía en su tienda? ¿Por qué le sonreía? No necesitaba la complicación de una mujer en su vida ni en su cama. Y aún menos una bombero.
Se recordó a sí misma que los pocos hombres y la única mujer con los que había salido no habían tenido un destino muy favorable. Karoline, la chica con la ke habia intentando algo nuevo, había tenido que mudarse inesperadamente a Florida, o al menos esa había sido la dudosa versión de su hermano Wes. Según los rumores que circulaban por Baxter, la pobre chica había ido a parar al fondo de algún lago.
Fuera como fuera, aquella tipa había sido una holgazana, le pedia dinero a cada rato y jamás recibía reciprocidad ni mucho cariño por lo que Yulia no lamentó su marcha. Además, le encantaba insinuarse a todas las mujeres con las que se topaba, de modo que la intervención de sus hermanos había supuesto un alivio para ella. Siendo la única chica en un mar de testosterona, había pasado por momentos de frustración, pero al menos no tenía que preocuparse por librarse de pretendientes indeseados.
Y sin embargo... mirando a la apetitosa Elena Katina caminar hacia ella, Yulia se encontró sin su precaución habitual. Aquella mujer era toda una tentación.
Una «gran» tentación...
Entonces se dio cuenta de que aún sostenía los pantalones de cuero en la mano. ¿Cómo iba a explicar que tenía una prenda tan atrevida en una tienda supuestamente conservadora (claro…sobre todo por la lencería XD…)?
-Buenos días, petite ange -la saludó ella deteniéndose frente a ella.
Yulia sintió cómo le ardían las mejillas y cómo el deseo se le propagaba por las venas. Aquello no estaba bien. Lena era, sin duda, la peor mujer para ella. Imprudente, aventurera, heróica... Por desgracia, su libido no pensaba lo mismo.
A Fiona tampoco parecía irle bien. Se había quedado boquiabierta de asombro.
Yulia carraspeó e intentó comportarse con normalidad, mientras se devanaba los sesos buscando una explicación para los pantalones de cuero tachonados.
-Lena, esta es mi ayudante, Fiona Jingle. Fiona, este es Lena Katina.
Mientras los dos se estrechaban la mano, Yulia intentó explicarse la atracción que sentía. ¿Por qué la había afectado tanto? Tal vez había estado trabajando con lencería más de la cuenta.
Sí, seguro que era por eso, decidió desesperada. Su cabeza estaba tan concentrada en las prendas picantes que sin darse cuenta se ponía a pensar en el sexo. Y si a eso le unía la inesperada aparición de Lena...
-Tienes un inventario de ropa bastante diverso chére -dijo ella, bajando la mirada a los pantalones del cuero.
Yulia no necesitaba un escrutinio así. Su tienda no podría salir adelante sin los ingresos de la ropa interior, pero no podía confiarle a Lena ese secreto. No había que olvidar que trabajaba con sus hermanos, que era prácticamente un desconocida, y que era…mujer.
-Oh, no, señorita Katina -intervino Fiona-. Yulia los ha encargado especialmente para mí. Nosotras no vendemos esta clase de ropa.
-¿Por qué no te los pruebas? -le sugirió Yulia con una sonrisa, ofreciéndoselos.
Fiona los tomó y se marchó al probador, no sin antes echar una última y soñadora mirada a Lena por encima del hombro.
-Encantada de conocerte -le dijo con la cara colorada.
-Lo mismo digo -respondió Lena con una sonrisa.
La misma sonrisa que el día anterior había hecho que Yulia se desmayara... El estado de su corazón le había causado problemas con anterioridad, pero nunca una humillación semejante. Por supuesto, Lena no podía saber que había sido él la causa de su desmayo. Sin duda, Ben le había explicado el cuento de la sobreexcitación, del estrés y demás. Nadie, absolutamente nadie, tenía que saber la verdadera razón.
Levantó la vista y miró a Lena, sobrecogida por su gran tamaño. Entonces ella alargó una mano y enrolló un dedo con un mechón de sus largos cabellos rubios.
-¿Qué pasa con esa copa?
-No lo entiendes, ¿verdad? -se soltó y retrocedió, sobrecogida por la fuerza de aquellos traviesos ojos verde-grises.
-¿Entender qué?
-Que no tengo citas.
-¿Tienes Pareja…? -preguntó ella con el ceño fruncido.
Pareja... Dios, con qué acento tan encantador lo dijo. Yulia fantaseó con la idea de que salieran alguna vez. Nadie tendría por qué saberlo. Pero entonces volvió a recordar la leyenda del lago.
-No -se apresuró a negar-. No tengo novio.
-¿No te gustan los hombres?
-No…es decir-
-¿Chicas entonces?-sus ojos brillaron y su expresión se volvió tan…tierna.
-Sí…No....ehm…bueno… -soltó un suspiro-. Claro que “me gustan”...
-¿No te gusto yo?
Ella le pasó la mirada por el cuerpo... brevemente. La cabeza empezaba a darle vueltas y el corazón se le aceleraba. Respiró hondo.
-Sí, me gustas. Es solo que estoy...
-¿Asustada? ¿Abrumada? -sonrió y se acercó un paso más-. ¿Excitada?
«Todo eso a la vez», pensó ella. Sintió que se dejaba llevar por el calor de aquellos ojos y por la seguridad que transmitía su voz dulzona. No quería desearlo, pero no podía evitar que un intenso deseo la recorriera por completo.
-¿No tienes miedo de mis hermanos?
-No.
Obedeciendo al impulso genético de los Volkov, Yulia se atrevió a sonreír. Pero entonces sonó la campanilla de la puerta, salvándola de cometer una tontería, como la de arrojarse en sus brazos.
Se dio la vuelta y vio a un joven delgado y con cara casi infantil que se acercaba con un gigantesco ramo de rosas. Se arrodilló frente a ella y sostuvo en alto las flores.
-Señorita Volkova, vengo a declararle mi amor eterno.
-Otra vez no... -Yulia suspiró y cerró los ojos.
-¿Otra vez? -preguntó Lena tras ella.
-Es una larga historia...
-Yulia, oh, dulce Yulia -empezó a recitar el joven-. Tus ojos son tan azules, tus labios tan rojos... Por favor, no le diga a sus hermanos que estoy aquí, porque si lo hace soy hombre muerto.
Yulia aceptó las rosas, sabiendo de qué iba el juego, y se inclinó para besar al muchacho en la frente…La marca de pintalabios con forma de melón quedó estampada como prueba del triunfo obtenido.
El joven se levantó, ruborizado.
-Gracias.
-¿De qué hermandad eres? -le preguntó ella.
-Alfa Kappa Omega.
-Buena suerte.
-Gracias, señorita -se dio la vuelta y salió corriendo de la tienda.
Yulia contempló el ramo. Había al menos dos docenas de rosas. Al pobre chico tenía que haberle costado cincuenta dólares... Las colocó en un jarrón con agua que dejó sobre el mostrador, junto a la caja registradora. Quizá regalase una con cada compra.
-¿Quieres explicarme de qué va todo esto? -preguntó Lena, apoyándose en el mostrador.
-Es la prueba de iniciación en una hermandad.
Lena arrugó la frente. No parecía comprender.
-El valor forma parte del código de iniciación en una hermandad. Todo el mundo sabe que acercarse a mí con segundas intenciones equivale a un suicidio -ella la miró, todavía confuso. Yulia respiró hondo y siguió-: Los chicos vienen a verme con flores y me declaran su amor. Luego, comparan el tiempo que pasa para cada uno de ellos antes de que alguno de mis hermanos les ponga la mano encima. Es pura diversión.
-Ah... -apoyó los codos en el mostrador y acercó su rostro al de Yulia-. ¿La amenaza de tus hermanos es la razón de que no salgas conmigo?
-¿No te parece suficiente?
-No -su expresión se tomó ávida de deseo. Yulia la miró con ojos desorbitados. Aquel excitante ser no iba a dejarse amedrentar, como los otros. ¿Cómo no iba a admirarla por su determinación?
-Lena...
-Me gusta el modo con que pronuncias mi nombre, chére.
Oh, Dios... Yulia tragó saliva con dificultad.
-Eres encantadora...
-El beso de la muerte -dijo ella con una mueca de dolor.
-Tengo razón cuando digo que las personas encantadoras y simpáticas sin ser vulgares o tontas no abundan. No quiero decir que seas tonto ni nada por el estilo. Pienso que eres muy…ehm…podría decirse…caballerosa y atenta -y también heróica, pero Yulia no sabía cómo añadir eso sin parecer idiota.
-No sé si me estás adulando o insultando.
«Es un monumento de mujer», se recordó ella. ¿Qué descripción preferirían sus hermanos? Decidida, sensual, peligrosa... Podía estar de acuerdo con las dos primeras cualidades, pero con la tercera solo podía especular.
-Te estoy adulando -respondió finalmente-. Pero mi hermano es tu jefe, y si salimos juntos. ..
-Recibiré algo más que una patada en el trasero.
-Antes de que te des cuenta.
La determinación en sus ojos no decreció ni una pizca.
Pero Yulia no quería ser un desafío. Deseaba la señorita Peligro, al heroína imprudente y atractiva... Le gustaba. Y eso le hacía preocuparse por ella. La preocupación desembocaba en el amor. El amor en la pena. .. No, gracias.
La puerta volvió a abrirse y Roland Patterson entró en la tienda.
-Yulia, cariño -la saludó. Llevaba un fajo de papeles en la mano-. ¿Quieres participar en la apuesta? -se detuvo frente al mostrador y le sonrió lentamente a Lena-. Pero si es la salvadora de Fluffy. Es un placer verte de nuevo, bombero Lena.
-Señor Patterson -respondió Lena asintiendo.
Yulia esperó a ver la habitual muestra de rechazo que las personas mostraban hacia Roland, pero Lena no mostró nada de eso. Maldición... Justo cuando iba a añadirle otro defecto, además de su profesión y sus tendencias heroicas, tenía que hacerse más interesante…cómo, si era del mismo bando…y ella por poco también. Aunque no mucho…o si?
-¿Qué apuesta? -le preguntó a Roland para intentar distraerse.
-La Supervivencia del Chico de la Hermandad -respondió él como si fuera algo obvio-. He visto a esa encantadora criatura con las rosas. Lo veo muy flaco. No le doy más de doce horas. Apuestas?-
Lena se irguió en toda su estatura, dejando boquiabiertos a Yulia y Roland.
-¿Están apostando hasta cuándo se librara ese chico de una paliza?
-Bueno, eh... -Roland miró a Yulia en busca de ayuda, pero ella se cruzó los brazos al pecho. No le gustaba aquella apuesta, pero también sentía la obligación de defender a su familia.
-Mis hermanos jamás le darían una paliza a un chiquillo -declaró. Pero, ¿lo decía convencida? Lo mejor sería que en los días siguientes no perdiera de vista a sus hermanos.
-No cuentes conmigo -dijo Lena. Miró a Yulia y sonrió brevemente-. Tengo que irme. Hasta la vista, chére -se dio la vuelta y salió de la tienda.
-¡Qué cuerpazo tiene ese mujer! -dijo Roland siguiéndola con la mirada a través de los cristales del local.
A Yulia la cabeza le daba vueltas y no podía asentir, pero, por una vez, Roland no había exagerado.
